KITSCH
Es un caso menor y particular del falfasén. No es lo feo. Lo feo es compatible con la belleza. Todo lo kitsch tiende al falfasén. Pero lo falfasén incluye otros horrores menos inofensivos. El kitsch viene a ser la grosería y la ordiniarez disfrazadas de belleza, pero es la negación simple de la elegancia, y la negación múltiple de la belleza. Kitsch es, para la etimología alemana, arte-basura. Es la primera semilla y el fruto final del fascismo, el cual reniega, en los hechos, simultáneamente de la verdad, la belleza y bondad. Para nosotros es el germen del Mal. El kitsch manifiesta sus grandes pompas en el paraíso hollywoodiense de pacotilla, pero espectacular, hecho de emociones sentimentales y lacrimógenas, de confort estético y mental, de falsas apariencias, de sucedáneos, simulaciones e ilusiones. El kitsch implica la falsa libertad de la elección entre colores, entre la tiranía de las modas, entre lo comercializable al “gusto de las masas”. Es arte bazar, es papanatismo esnob, look glamuroso, vulgaridad, facilismo, efectismo circense, impacto superficial, gusto turístico e internacional de las empresas multinacionales, adocenamiento, pasión por pertenecer al grupo de consumidores, gregarismo, oportunismo, seducción emotiva, justificación del estatus injusto, false democracia, gusto repugnante, simulacro vendible, pretenciosidad ostentosa, aburrimiento, buen gusto bajo, fantasía, apariencia fina, sensiblería, blandura, suavidad, evasión, celebración, ideología y cliché, mal gusto doblado o duplicado por el fingimiento de delicadeza. Es el destilado inferior de la pequeña burguesía, falsificación “pop” de lo popular, suntuosidad sin grandeza, vacuidad, arbitrariedad y capricho formal, mitificación del éxito de masas, monumentalismo…todo ello concebido para promover la mentalidad reaccionaria, provinciana, chismosa, conformista y falsaria, la búsqueda de lo maravilloso y brillante, de lo extraordinario imponente pero banal, de lo novedoso originalista pero marchito y “déjà vu”. El kistch produce el exceso y el despilfarro, el sensacionalismo, el cotilleo, el desprecio por la inteligencia y la crítica, la despolitización e irresponsabilidad infantil, el casticismo, el nacionalismo neorrococó, y la sumisión a la imagen de aparente liberalismo político. Desde el punto de vista ético –e incluso moral- se trata de una perfecta canallada.

- Riviere, en su notable libro sobre lo cursi, mezcla lo esnob, lo macarra, lo kitsch, lo dandy, lo hortera, en un todo revuelto no del todo erróneo. Para nosotros el cursi es siempre rosa o blanco y tiene una inocencia infantil y naif, mientras lo kitsch es todo él camisaparda y perversión coprofílica que desprecia la dignidad humana. Lo cursi es genético, lo kitsch es manipulación criptofascista que se regodea en el daño a lo aristocrático, lo raro o lo excelente. Los resbalones y caídas de los otros nos hacen reír porque somos kitsch, no porque seamos cursis. No todo el género operístico es kitsch. Pero Wagner y el belcantismo en general, lo son. En honor de Riviere debe reconocerse que el cursi Cu-Cu o Sissi, y el gusto tirolés-hitleriano, se hermanan sin esfuerzo con el Pompón y el Florón Pompier de gusto francés, y tanta grosería extendida a lo ancho y largo de la culta Europa.
Hay dos ingredientes falfasén que no pueden faltar en lo kitsch o postmodernista: lo fácil y lo falso.
Las fases históricas (eterno e internacional) que coinciden con el Kitsch (moderno, monárquico y europeo), ya elevado al nivel de falfasén, son aproximadamente: 1. Napoleón III (1850-1875; 2. Guillermo II (1875-1925; 3. Adolfo Hitler (1930-1970; 4. Príncipe Carlos de Gales (1970- 2000.
- Miranda, Ni robot ni bufón: manual para la crítica de arquitectura, 2000
[Bibliografía: M. Rivière, Lo cursi y el poder de la moda, Espasa, 1992]
