Sobre el documental “Être et avoir” _ Ser y tener
Documental francés dirigido por Nicolas Philibert y estrenado en 2002. Premiado en el Festival de Cine de Valladolid 2002.
Premio de Cine Europeo al mejor documental, en 2003
Inspirado en el fenómeno francés de la escuela unitaria, el documental nos muestra la vida de una pequeña clase de un pueblo a lo largo de todo un curso, una cálida y serena mirada a la educación primaria en el corazón de las Landas francesas. Un grupo de alumnos entre 4 y 10 años, reunidos en la misma clase, se forman en todas las materias bajo la tutoría de un solo profesor con extraordinaria dedicación. Maestro de autoridad tranquila y paciente, el profesor Georges López, de origen español, conduce a los niños día a día, hacia la adolescencia, mediando en sus disputas y escuchando sus problemas, ayudándoles a descubrir las ventajas de la naturaleza y transmitiendo una serie de valores…complementado con la labor educativa de las familias de estos niños.
Sin dejarnos indiferentes, el documental nos invita a la reflexión, haciéndonos ver la labor y entrega de un solo profesor a alumnos de distintas edades, y cómo conoce a cada niño e intenta responder a sus distintas necesidades e intereses.
En un mundo en el que la población del planeta se aglomera en un 60 % en grandes ciudades, a veces los urbanos olvidamos el mundo rural. Un espacio humano conquistado a la naturaleza, pero en el cual la convivencia obliga a una relación no exenta de dureza. Ser y tener puede calificarse de un proyecto documental sobre la escuela rural, la escuela unitaria en la cual alumnos de diferentes edades conviven con su profesor. Una película sin actores, con unos protagonistas reales que consiguen dar alma a una historia llena de humanidad. Niños de entre 4 y 10 años arropados por un ejemplar profesor vocacional con 35 años de experiencia y a punto de jubilarse. Un hombre que, más allá de recitar dictados, enseñar a dibujar o a aprender a leer y a escribir, todo en una misma aula, los acompaña en estos primeros años de aventura vital en un entorno duro, en el que un niño de diez años un niño se maneja con soltura sobre el tractor.
Un documental sincero y emotivo que nos muestra cuáles son las verdaderas claves de la enseñanza. El profesor Georges López de 55 años y a punto de retirarse, protagonista principal de Être et avoir, separa una docena de estudiantes de entre 4 y 11 años por mesas en función de la edad y explica las diferentes lecciones por turnos, ofreciendo una atención personalizada para comprobar que cada uno de los niños y niñas ha entendido todo. Hijo de un emigrante español en Francia, López asegura que no podría imaginarse a sí mismo haciendo otra cosa que no fuera enseñar. A lo largo de toda la pelicula descubrimos un hombre volcado en sus alumnos, que se esfuerza por corregir los problemas de disciplina, la vagancia y la falta de motivación.
Es una lección que permite reflexionar en torno al fenómeno de la educación.
La película recuerda una época en la que la relación entre el maestro y los alumnos era mucho más que académica, siendo la Escuela un auténtico espacio de crecimiento personal a todos los niveles. Hoy que tanto hablamos de atención a la diversidad, de éxito para todos, etc., podríamos acudir a ejemplos como el que nos muestra esta película para recuperar la auténtica esencia de la educación: el compromiso para ayudar a los alumnos a ser personas, a ampliarles las visiones del mundo mucho, a hacerles ciudadanos.
El documental retrata todos los aspectos que suceden en un aula: contenidos académicos, resolución de conflictos, aprendizaje de valores, normas, educación emocional, juego y disfrute, esfuerzo, disciplina, convivencia, diversidad… No es una película de ficción, nos muestra la vida de personajes reales que viven al compás de una cámara que parece inexistente, pero que fabula al captar la esencia de cada personaje. Desde la mocosa Alizé, al despierto Jojo, a los rivales Olivier y Julien, pasando por la inquieta Marie, de origen asiático, a la compleja Natalie, por sólo citar algunos de los pequeños protagonistas.

Una cultura para la educación (Sobre Ser y tener)
José Antonio Marina *
La Vanguardia 18/2/04
A menudo una obra artística convoca a una serena reflexión. Esto ocurre con la película Ser y tener, que ha activado en muchos países europeos debates acerca del reto de transmitir el saber, sobre qué, cómo y quién instruye. La que sigue es nuestra contribución.
Estos días ando ocupado redactando un informe sobre la educación española para la revista «Papeles de Economía». Reviso datos de nuestro país y de nuestro entorno cultural. Hay un déficit de docentes, y su profesión está considerada de alto riesgo. Enseñar se ha convertido en una misión imposible. Nadie está contento. Los profesores echan la culpa a los padres, los padres a los profesores, y ambos a la televisión. Dejo los papeles, los datos, los testimonios y me voy al cine a ver una película titulada Ser y tener. Esta expresión tiene resonancias filosóficas y educativas. Gabriel Marcel escribió una obra con ese título. Erich Fromm lo cambió ligeramente en uno de los libros: «¿Tener o ser?», y Edgar Fauré publicó un conocido informe sobre educación, encargado por la Unesco, bajo el título: «Aprender a ser». El propósito de todas estas obras era enseñar a valorar las personas por encima de las cosas. Un hombre vale lo que valen sus relaciones, y las relaciones de propiedad son las menos importantes.
Disfruté mucho con la película, que cuenta en tono tierno y divertido la historia de un maestro rural, en una de esas escuelas unitarias donde conviven alumnos de edades muy diferentes. Es un documental que, por la habilidad con que está montado, se sigue con el interés y la emoción de una gran historia. Durante la proyección, iba comparando lo que veía -una historia animosa, alegre, de plenitud personal, de implicación de las familias en la educación de los niños- con los informes y testimonios que acababa de leer. En un momento de la película, los niños dicen que de mayores quieren ser maestros. Por su parte, el maestro está orgulloso de haber triunfado en la vida… por ser maestro. Una pregunta me daba vueltas. ¿Cómo es la realidad? ¿Cómo me dicen los maestros españoles o cómo me cuenta la película?
Por de pronto, en el cine se trata de una escuela rural, en plena naturaleza. Eso es lo que me ha sorprendido en la película, su naturalidad.
Por oposición, los datos, las imágenes que tengo de nuestras escuelas, me parecen muy poco naturales, forzados. Una de las cosas más tristes que estamos haciendo es eliminar la infancia. Hemos agrandado desmesuradamente la adolescencia/juventud, que ahora comienza a los diez años y termina a los treinta, pero hemos reducido dramáticamente la infancia. Los niños juegan poco y reciben una información no filtrada, y ambas cosas han sucedido por primera vez en la historia del mundo. Tener un hijo ya no es un acto natural sino el resultado de una consultoría. Sin duda, la situación de la infancia en los países pobres es mucho peor, pero la diferencia estriba en que nosotros tenemos en teoría los medios para ayudarlos, para protegerlos, pero no acabamos de descubrir el modo de hacerlo.
La película, con su inquietante contraste con la realidad, me ha hecho dar muchas vueltas a la relación entre educación y cultura. Tradicionalmente la función de la educación ha sido transmitir la cultura de una sociedad a las nuevas generaciones. Ha sido siempre un medio para conservar las soluciones aceptadas.
Pero ahora parece que la cultura que los adultos hemos creado no es apropiada para los niños, desnaturaliza la infancia. Por eso, los padres y los docentes nos sentimos inermes. La causa no es que lo estemos haciendo mal, sino que la cultura que deberíamos transmitir a nuestros hijos es perturbadora. En un cierto sentido, nunca han estado más protegidos los niños que como lo están en un país desarrollado. ¿De dónde viene entonces esa sensación de que están en peligro? No de los padres, ni de la escuela, sino de la cultura que nos envuelve a todos, y que es inhóspita también para todos.
Tal vez tendríamos que cambiar la dirección de este dinamismo, y en vez de hacer de la educación la transmisora de la cultura existente, necesitemos crear una cultura para la educación, un modo de vida que se pueda enseñar. Algo así como diseñar un mundo en el que nos gustaría que los niños pudieran vivir.
Recuerdo cuánto me impresionó leer un libro de Margaret Mead sobre los arapesh, un pueblo de la Micronesia cuyo ideal de vida se resume en dos metas: hacer que crezcan bien los niños y el ñame, su principal alimento. Todo su modo de vida está orientado a conseguir que los niños se sientan amorosamente recibidos, que se encuentren en casa en un mundo tan hostil. Para lograrlo, han creado una cultura de solidaridad, buen humor y ternura. Al hacerlo, han hecho un mundo más humano y cálido. Y esto es lo que me interesa destacar.
Estudio con tenacidad profesional la historia y variación de los sentimientos. La estructura familiar, y todo su sistema de afectos, se ha visto alterada en los últimos cincuenta años por la necesaria liberación de la mujer. Desde entonces hemos vivido un bricolage familiar que intenta buscar un nuevo modo de estructura, de relación con un modo satisfactorio y estable de convivir. Sospecho que la película Ser y tener es un síntoma de cambio. Acabo de leer en «L’Express» una entrevista con Elisabeth Badinter, que se muestra preocupada por lo que considera una amenaza para la situación femenina. Teme que el alza de los valores maternales, la insistencia en las ventajas de la lactancia materna, o en la importancia de los primeros años, pueda utilizarse para encerrar de nuevo a las mujeres en casa. «Se está volviendo -dice- al mito de la maternidad feliz. A hacer de ella el destino ideal de las mujeres, como si fuera la única vía a la felicidad. Esto es volver al siglo XIX.» Este despertar del deseo maternal parece extenderse por muchas naciones, aunque con importantes diferencias. En Dinamarca, el cincuenta por ciento de los niños los tienen mujeres voluntariamente solas. El antiguo lema: «Hijos sí, maridos no» parece haber triunfado.
Me parece un momento importante para la reflexión. Por primera vez en la historia de la humanidad, las mujeres, al menos en los países desarrollados, han podido elegir voluntariamente ser madres. Esto me parece un gran progreso ético. Pero ahora lo que necesitamos en ser capaces de hacer un mundo donde la maternidad no esté sujeta a tantos condicionamientos ideológicos, económicos y sociales. Hay una razón por la que debemos cuidar el amor maternal. Con él entró en el mundo el amor, ese sentimiento paradójico que hace consistir mi felicidad en la felicidad de otra persona. El gran antropólogo Iräeneus Eibl- Eibesfedt lo ha mostrado muy convincentemente. Después, encantados con ese sentimiento, hemos querido exportarlo a otras relaciones afectivas, por ejemplo, las de pareja. Por eso, la ternura, que es sentimiento hacia la infancia, se ha ampliado a las relaciones sexuales y a los amores adultos. Esa «maternización de la realidad» nos ha mejorado. Ahora, el endurecimiento de las relaciones, el individualismo feroz, la autosuficiencia, están refluyendo hacia el amor maternal y sometiéndole a confusiones y desánimos. Sería terrible que se debilitara, o se proscribiera, ese amor, que dio origen a lo más cálido de nuestros sentimientos. Y debería ser una tarea de todos protegerlo. Sería una vuelta a los verdaderos orígenes de nuestra humanidad, pero manteniendo lo que hemos aprendido acerca de la igualdad de los sexos. ¿Cómo podríamos hacerlo? No lo sé, pero es cosa de pensarlo. Mientras tanto, les aconsejo que mediten en un viejo proverbio africano que expresa lo más sabio que he oído sobre educación:
«Para educar a un niño, hace falta la tribu entera». Estoy por cambiarlo: «Para educar a la tribu hace falta un niño al que cuidar».
* José Antonio Marina es filósofo, autor de una vasta obra en la que destacan títulos como «Teoría de la inteligencia creadora», «Crónicas de la ultramodernidad», «Dictamen sobre Dios» y, el más reciente, «Los sueños de la razón» (todos en Anagrama)
