Curro Romero en 1999

ALGO DE TOREO _ MUERTE E INDOLENCIA.

Extracto del libro “Dios lo ve” de Oscar Tusquets Blanca. Ed Anagrama 2000

Tres cuestiones muy delicadas se suelen discutir de forma muy grosera. Una es el aborto, otra la eutanasia, y la tercera, el toreo. Escuchar uno de los habituales debates sobre estas cuestiones en radio o televisión comienza irritándome y acaba deprimiéndome sin remedio. Pero las sucesivas depresiones me han servido para llegar a una conclusión: que la intolerancia sobre estas tres cuestiones se debe a que están relacionadas con un tema tabú en la cultura occidental contemporánea: la muerte.

En el otro extremo, el de los progresistas, se rechaza radicalmente la prohibición del aborto y, más tibiamente, la de la eutanasia, pero se reclama la inmediata prohibición del Toreo. Comprendo sus razones y comparto muchos de sus sentimientos, pero no comulgo con sus exigencias. Primero, porque desconfío de la eficacia de las prohibiciones en estas cuestiones y, segundo, porque me temo que por coherencia deberíamos acabar por prohibir no sólo las prendas de piel, sino también la venta y consumo de carne.

La distinción que los enemigos del Toreo establecen entre un matadero y la plaza es que mientras en el primero se matan animales por pura necesidad, en la segunda se transforma el matar en espectáculo. En esta cuestión reside, a mi parecer, la clave de la cuestión. Es evidente que la corrida es una escenificación de la muerte y el matar; es indiscutible _por mucho que se asegure lo contrario_ que el animal sufre durante esa representación, pero la esencia de la misma no reside en ese sufrimiento, muy al contrario, cuando mejor transcurre la corrida, cuanto mejor están sus protagonistas, menos sufre el animal.

A diferencia de la seguridad y radicalidad que manifiestan invariablemente todos los tertulianos, debo reconocer que los sentimientos que experimento en la plaza son ambiguos y contradictorios. Por un lado, como los animales me inspiran cariño, sufro viendo el dolor y la agonía del toro. Sus gestos, su mirada, sus rictus de dolor no pueden dejar de recordarme a mis amados perros. Cuando vuelvo de la plaza y salen alborozados a recibirme me parecen familiares de los animales que acabo de ver sacrificar. Pero, por otro lado, soy sensible al drama que se desarrolla en el ruedo, a la complejidad y transcendencia del rito, a su profunda belleza. Sé perfectamente que estos sentimientos encontrados no me van a granjear simpatías en ninguno de los dos bandos, pero… ¡qué puedo yo hacer!

Todo este preámbulo viene a cuento porque, entre los artistas que aparecen en este libro, entre los artistas que han intentado algo más que contentar al personal, voy a cometer la absoluta incorrección política de incluir a un matador de toros: a Curro Romero.

Voy a hablar de Curro y de una manera de entender el arte, apoyándome, sobre todo, en un documental espléndido, Curro Romero, leyenda del tiempo, una coproducción sevillano-francesa dirigida por Emilio Maillé según una idea de Jaques Durand, que analiza la complejísima relación entre el Maestro y la afición sevillana.

Existe una concepción muy popular y muy andaluza del arte que siempre me ha parecido muy sugerente y muy refrescante entre tanto tratado de estética pedante y abstruso. A menudo, cuando en una visita de obra alabo la solución con que ha resuelto el escayolista un encuentro difícil, el peón, tocado tocado con su sempiterno gorro de papel, exclama: ¡Es que fulanito es un artista! ¿Qué quiere significar con este calificativo? Pues que fulanito tiene la rara habilidad de resolver con gracia, con economía de medios y aparente poco esfuerzo un problema intrincado. O sea, algo muy cercano a lo que consigue Curro… cuando lo consigue.

El problema del Toreo consiste en matar al animal. En cómo se haga reside, ni más ni menos, la justificación del rito. Naturalmente, alguien puede objetar que nunca está justificada la muerte de un animal. Es un sentimiento que respeto y, a veces, casi comparto, pero nadie que disfrute con la ingestión de un tierno corderito tiene autoridad moral para prohibir esta ceremonia.

El magnífico documental de Maillé y Durand intenta bucear en el concepto sevillano de Arte, y en particular del Arte del Toreo, a través de entrevistas a diversas personas, desde académicos hasta gente de la calle. Algunas respuestas no tienen precio. Torear no es boxear, torear es un arte que requiere calma, aplomo, temple…, dice María Antonia, la florista callejera, mientras mueve pausadamente las manos en un pase imaginario. Cuando Curro embebe el toro en el capote, lo mece, lo lleva como en una cunita, dice Anselma, la cantaora. La lentitud, esencial en tantas actividades. Dice Álvaro Domecq:

-Despacio, virtud suprema del toreo. Despacio, como se apartan los toros en el campo. Despacio, como se doma un caballo. Despacio, como se besa y se quiere, como se canta y se bebe, como se reza y se ama. Despacio.

Curro, ese torero que tantas tardes decepcionantes consigue, ¡por fin!, una faena memorable en la Feria de Abril sevillana de 1999. S e le cortan las dos orejas al astado y cuando el alguacilillo se las entrega, aún sangrantes, Curro apenas reprime una mueca de angustia, las toma con la punta de los dedos y con máxima celeridad se las entrega a un subalterno. Dice que le parece horrendo que se mutile a un animal tan bello, apenas muerto, que hace unos segundos estaba defendiéndose con tanta nobleza, estaba colaborando con él en la faena. Dice que no le gusta matar al toro, que cuando coge la espada y ve su filo le dan escalofríos.

La relación de crispado amor-odio entre la afición sevillana y el Faraón de Camas está muy bien explicada en el film. Amor, por los momentos de intensa emoción que el torero les ha hecho vivir; escasos, sí, pero inolvidables. Odio por su aparente desidia, por el nulo interés, incluso miedo _se dice que no tiene miedo de tener miedo_, que evidencia en la lidia de un toro que no le gusta, que son los más.

Tras un impresionante montaje de las espaciadas grandes faenas de Curro, éste consiente en contestar algunas preguntas, cosa muy rara en él. (Curro dice que le gustaría ser invisible, no dar entrevistas, que sus corridas no se retransmitiesen por televisión…)

A la inevitable pregunta sobre su falta de empeño por intentar salvar un mal toro, Curro responde que si él ve que con aquel material no se puede construir un faena artística, prefiere abandonarlo. Que hacer lo contrario le parecería traicionarse a sí mismo. ¡Fijémonos bien! A Curro no le quita el sueño defraudar al público que ha pagado sus buenas pesetas, a Curro lo que le preocupa es no traicionarse a sí mismo. “El público es interesante, pero primero soy yo, segundo soy yo y tercero soy yo.” “Modestia aparte, me considero un artista y tengo sentimientos muy hondos.” “Si no sale un toro, yo no sé qué hacer.” “No me gusta la mediocridad, espero la grandeza.” “Me sale muy de tarde en tarde, pero me sale”, concluye Curro. Esto es lo que le mueve, construir, rara vez, cuando el material lo permite y él se siente inspirado, una faena _y, si no puede ser una faena, que sean tres pases_ para el recuerdo. Si no fuese así, ¿cómo se explicaría su empeño por seguir en los ruedos? Él, que lo ha conseguido todo en el toreo, que ha ganado un dinero que no podrá llegar a gastar, que tiene una edad más propia del asilo que de la plaza.

Dice que se retirará el día que sienta que ha dejado pasar un buen toro. ¿Para quién insistirá Curro en dar sus últimos tres grandes pases?

Extracto del libro “Dios lo ve” de Oscar Tusquets Blanca. Ed Anagrama 2000