Camuflaje total para la guerra total
Salvador Dalí
«Artículo aparecido originalmente en la revista Esquire, nº 2, Nueva York, agosto de 1942, y recogido en el libro ¿Por qué se ataca a la Gioconda?, Ediciones Siruela, Madrid, 1994.
Puesto, que la guerra para la supervivencia reclama determinados tipos nuevos y más generales de camuflaje, ¿por qué no utilizar el control psicológico de la visión? «Ser o no ser» (Shakespeare). Ver o no ver (Dalí). He ahí la pregunta o, con mayor exactitud, el problema. Al comienzo de la pasada guerra mundial fue Picasso, inventor del cubismo, quien halló la solución. Es una historia auténtica. Sentado al sol de primavera, en la terraza de la célebre Rotonde, en Montparnasse, Picasso y un grupo de sus fervientes admiradores bebían a sorbitos su absenta, con el acostumbrado ritual de la cucharilla de azúcar. La conversación se refería naturalmente a la guerra. Pero con ese grupo de juveniles innovadores en arte, las palabras alzaban el vuelo, más ricas en imaginación que en consideraciones ponderadas. Alguien emitió la sugerencia estratégica de constituir un ejército invisible.
«¡Es perfectamente posible!», exclamó Picasso. Todos permanecieron silenciosos, esperando que el gran pintor lanzara una de esas ideas con las que siempre se las arregla para eclipsar las demás opiniones, sea cual sea su originalidad. Y Picasso continuó:
« ¡Si queréis constituir un ejército invisible, todo lo que tenéis que hacer es vestir de arlequines a los soldados! A cierta distancia, los dibujos en facetas de diamante se confundirán con el paisaje y nadie será capaz de verlos.»
Así el principio de camuflaje, que fue efectivamente utilizado durante la última guerra mundial, nació de una conversación ágil e improvisada, entre un puñado de artistas tranquilos que se devolvían la pelota. Pronto llegaría el momento en que se verían las piezas de artillería, los acorazados, los cruceros, los tanques, cubiertos todos con los mismos arabescos de colores caprichosos que figuraban simultáneamente en los lienzos provocadores de los nuevos pintores. En primer lugar, la gente no se dio cuenta de que ese mismo verdadero cubismo, que tanto escándalo suscitaba en las galerías de arte, como demasiado vulgar para unos días ocupados por otros temas que son los de los momentos graves, funcionaba ya con gran eficacia en los campos de batalla.
Las profundas lecciones de la historia se repiten, pero nunca de la misma manera. Cambian, exteriormente, hasta el punto de ya no ser, a menudo, reconocibles. Y así como el camuflaje de 1914 era cubista y picassiano, el camuflaje de 1942 iba a ser surrealista y daliniano. Porque, esta vez, es mío el descubrimiento, particularmente el secreto de una total invisibilidad y el camuflaje psicológico. Abundaré en ello más adelante.
El descubrimiento de las «imágenes invisibles» se inscribía en mi destino. A la edad de seis años, asombré a mis padres y a sus amigos por mi don, muy propio de los mediums, de «ver las cosas de otra forma». Siempre he visto lo que los demás no veían; y lo que ellos veían, yo no lo veía.
Entre innumerables ejemplos hay uno, muy impresionante, que data de ese período de mi vida. Cada sábado recibía una publicación para niños a la que me había suscrito mi padre. La última página traía consigo una adivinanza en imágenes que representaban, por ejemplo, un bosque y un cazador. En la confusión de la maleza el artista había escondido maliciosamente un conejo. Se trataba de encontrarlo. O bien había que descubrir una muñeca perdida por un niño en una habitación aparentemente vacía. Mi padre me traía la adivinanza; y cuál no sería su asombro al verme descubrir, no uno sino dos, tres o cuatro conejos: no una sola muñeca sino varias, en vez de aquello que el artista había querido disimular. Todavía más asombroso era el hecho de que mis conejos y mis muñecas aparecían de modo mucho más nítido y mejor dibujados que aquellos que se habían escondido intencionadamente. Tan pronto como los había rodeado con un trazo de lápiz, todos los distinguían tan claramente como yo y manifestaban su sorpresa. Pero el hecho de ver varios conejos, en tanto que los demás sólo lograban ver uno tras un largo examen y orientando la página en uno y otro sentido, no era todo. El aspecto realmente fenomenal de la cosa era que en la misma imagen yo podía ver un mosquito, un elefante, una bañera o cualquier otra cosa, tan bien como un conejo.
Más tarde descubrí en la psicopatología la explicación de ese misterioso don de ver lo que escogía, en cualquier lugar que lo escogiese. Tenía un espíritu paranoico. La paranoia se define como una ilusión sistemática de interpretación. Esta ilusión sistemática constituye, en un estado más o menos morboso, la base del fenómeno artístico, en general, y de mi genio mágico para transformar la realidad, en particular. Ver cómo unas imágenes fantásticas cobraban una forma cada vez más exacta cuando miraba fijamente las manchas de humedad de una vieja pared constituía uno de los juegos favoritos y más fascinantes de mi infancia. Podía igualmente ver casi todo en la forma constantemente cambiante de las nubes, tan prolífica es la fuente de las visiones paranoicas. Cuál no sería más tarde mi asombro cuando, durante mis estudios, descubrí que, antes de Cristo, Aristófanes, en Las nubes, las llamaba «las maestras de la ilusión», que cambian de forma del leopardo a los graciosos contornos de una mujer desnuda, evolucionando de allí hacia el modelado de una nariz. En el mismo orden de ideas, leo las notas de Leonardo da Vinci, quien aconsejaba a sus alumnos que buscaran la inspiración, para pintar una batalla ecuestre, fijando la mirada, en determinado estado de ánimo, en las manchas de humedad de una vieja pared, con objeto de ver surgir del caos las imágenes deseadas. Esas mismas imágenes y manchas de humedad de una vieja pared habían provocado las alucinaciones de mi infancia.
Mucho antes de Aristófanes, en efecto, el hombre de las cavernas, cuyos dibujos de animales, llenos de magia, no hacían más que obedecer, en las paredes de la gruta, a ciertos relieves en los que veía las formas que lo obsesionaban, se sometía al mismo principio paranoico: la ilusión sistemática de interpretación.
Y mucho antes que el hombre de las cavernas, incluso antes de que hubiese aparecido el hombre sobre la superficie de la tierra, el mismo principio reinaba en la naturaleza, adoptando la forma del más misterioso y menos conocido de todos los fenómenos: el mimetismo. En el comienzo… ¡el camuflaje, el invisible!
Los insectos de tipo hoja representan una de las clases más sutiles del camuflaje mimético en la naturaleza. Algunos de ellos no sólo adoptan la forma exacta y el color de las hojas, sino que también imitan sus más leves conformaciones de superficie: agujeros muy fijos, que corresponden a las gotas de agua, perforados por un rayo de sol, rastros de moho finos como hilos de araña, el festón de los bordes, constituido por las mordeduras de algunos insectos.
Otros imitan con tal exactitud las ramillas putrescentes o los tallos espinosos, que es imposible distinguirlos de los originales. Por ello podemos decir que la realidad que finge ser ilusión se convierte en ilusión; y siendo ilusión y, por ello mismo, invisible, puede igual-mente servir de mecanismo de defensa u ofensa.
Las manchas del leopardo y las rayas del tigre, al imitar los efectos de luz y sombra en la jungla, de hecho, los diseños en todos los animales, obedecen a ese mismo oscuro principio, cuya manifestación menos desarrollada y más elemental se encuentra en los mamíferos. Por otro lado, existe un tipo de lenguado africano que puede identificarse tan completamente con su entorno que puede autorizar la siguiente experiencia: se dibuja un tablero de ajedrez, de escaques negros y blancos, en el fondo de un acuario. El pez vivirá allí y, al cabo de un mes, el diseño del tablero de ajedrez estará perfectamente reproducido en su espalda. El lenguado se ha vuelto invisible, incluso para el ojo más experto.
Pero el gran problema del camuflaje depende del hecho de que los cañones y tanques no son inmóviles. Realizar un camuflaje que los vuelva invisibles al hacerlos confundirse con el entorno no basta. Es necesario descubrir un tipo general de camuflaje que pueda servir en toda circunstancia. Convendría buscar «constantes de invisibilidad». Los resultados de dichas investigaciones nunca han sido y nunca serán satisfactorios. Los alemanes han inventado las imágenes «parásitas»: imitación de campos voladores, falsas columnas motorizadas. Pero dichos expedientes son elementales en sumo grado.
Durante diez años me he dedicado a un estudio sistemático de los problemas de la visión y he llegado a la conclusión de que sólo hemos recibido la noción más escasa del significado psicológico de semejantes fenómenos. Vemos lo que tenemos alguna razón para ver, sobre todo lo que creemos que vamos a ver. Si se turban la razón o la creencia, vemos otra cosa. A este respecto, se pueden controlar las reacciones visuales. Valiéndonos del lenguaje de la radio, se puede emitir en conjuntos o incluso interferidas, por efectos meramente psicológicos. Mi larga investigación me induce a creer, por ello mismo, que el camuflaje psicológico no es un sueño vano. Se trata de una cuestión de investigación y de experimentación de laboratorio. No voy a razonar extensamente al respecto por motivos que son de fácil comprensión, habida cuenta de mi convencimiento de que se trata de asuntos de importancia utilitaria en el ámbito de la guerra.
Los ejemplos que ilustran este artículo no representan mi investigación individual sobre el camuflaje psicológico, sino que tienen más bien valor de diversión. Pueden servir, sin embargo, para orientar al lector, al referirse al hecho de que una imagen puede hacerse invisible sin transformación, pero a condición de que sea rodeada por otras imágenes que obligan al espectador a imaginar que mira otra cosa. Las imágenes dobles del período romántico no han sido tan ampliamente desarrolladas como éstas. En el primer caso, eran visibles al mismo tiempo; en tanto que, en mi caso, una de esas imágenes puede permanecer largo tiempo desapercibida. En lo que atañe a mis imágenes dobles, cuidé, en primer lugar, de establecer entre ellas un compromiso diplomático, transformándolas y haciéndolas coincidir. Ello vale para el Busto invisible de Voltaire. Por otro lado, en Las dos cruzadas, la foto de un rostro de mujer está intacta, sin retocar en modo alguno. Es la única magia ejercida por las imágenes circundantes que nos lleva a pensar que ·no se ve un rostro de mujer sino un guerrero a caballo. El mismo método de aislamiento y analogía hace desaparecer la cabeza de un perro con la boca abierta.
He llevado a término experiencias semejantes con objetos reales. He obtenido mi último éxito en esta esfera a partir de la estatuilla de un caballo colocada dentro de un teatro en miniatura. La iluminación y los objetos colocados en torno a la estatuilla hacen que el caballo se vuelva totalmente invisible. En vez de un caballo, el espectador cree ver un cielo en un paisaje.
Creo en la magia que, en última instancia, es meramente el poder de materializar la imaginación en realidad. Nuestra época supermecanizada subestima las propiedades de la imaginación irracional que no tiene visos de práctica: pero que no deja de ser la base de todos los descubrimientos. Cuando Laporte, en el siglo XV; anunció que había encontrado un modo de cortar el vidrio de tal manera que todo lo que se viese por transparencia estaría rodeado por un arco iris, creía propiamente que se trataba de magia.
La Inquisición sospechó a menudo que Leonardo era un mago. Era exactamente lo que fue, en realidad, ya que, a lo largo de toda su existencia, la Inquisición cometió algunos errores. Era el inventor de vanguardia de todas las máquinas de la guerra moderna.
«Guerra de Producción» da el tono de la realidad para hoy y para mañana. Mas en nuestro mundo la magia siempre tiene una función que desempeñar.

Dalí en Nueva York. 1942

UN RETRATO DE SALVADOR DALÍ
Por Salvador Dalí
Maestros antiguos más admirados: Rafael y Velázquez.
Contemporáneos más admirados: Picasso y yo.
Mi lienzo más provocador: Restos de un automóvil dando nacimiento a un caballo ciego que mastica un teléfono.
Definición del surrealismo: el surrealismo soy yo.
Color favorito: verde ajenjo.
Proyecto más urgente: perfeccionar, para las Naciones Unidas, un sistema de camuflaje basado en mi teoría radical de la invisibilidad.
Ejercicio favorito: subir -pero no bajar-en ascensor.
Nota para los arquitectos: vuestros estudios son demasiado toscos, demasiado mecanizados. Deberíais satisfacer el deseo que tiene el hombre de volver a encontrar su lugar prenatal utilizando formas redondeadas, no rígidas, y materiales suavemente protectores.
Pensamiento de pasada: la aviación es la expresión más espectacular del instinto sexual.
El símbolo más orgulloso: el aviso colgado en la puerta de mi alcoba: «El poeta trabaja».
Principal esperanza para el futuro: un renacimiento religioso basado en una forma progresista del catolicismo.
