«NO SON GENIOS LO QUE NECESITAMOS AHORA»

(Espiritualidad de la Arquitectura)

Jose antonio coderch de senmenat

Al dirigirme a Vds. no es mi intención ni mi deseo sumarme a los que gustan de hablar y teorizar sobre Arquitectura. Pero después de más de treinta y siete años de oficio, he llegado a concretar algunas certidumbres y experiencias.

Un viejo y famoso arquitecto americano le decía a otro mucho más joven que le pedía consejo: «Abre bien los ojos; mira, es mucho más sencillo de lo que imaginas». También le decía: «Detrás de cada edificio que ves hay un hombre que no ves». Un hombre; no decía siquiera un arquitecto.

No creo que sean milagros o genios lo que necesitamos ahora. Creo que los genios son acontecimientos, no metas o fines. Tampoco creo que necesitemos pontífices de la Arquitectura, ni grandes doctrinarios, ni profetas, siempre dudosos. Algo de tradición viva está todavía a nuestro alcance, y muchas viejas doctrinas morales en relación con nosotros mismos y con nuestro oficio o profesión de arquitectos (y empleo estos términos en su mejor sentido tradicional). Necesitamos aprovechar lo poco que nos queda de tradición y ética verdaderas en esta época en que las más hermosas palabras han perdido prácticamente su real y verdadera significación.

Necesitamos que los miles y miles de arquitectos que andan por el mundo piensen menos en Arquitectura (con mayúscula), en dinero o en las ciudades del año 2000, y más en su oficio de arquitecto. Que trabajen con una cuerda atada al pie, para que no puedan ir demasiado lejos de la tierra en la que tienen raíces, y de los hombres que mejor conocen, siempre apoyándose en una base firme de dedicación, de buena voluntad y de honradez (honor).

Tengo el convencimiento de que cualquier arquitecto de nuestros días medianamente dotado y preparado, si puede entender esto, también puede realizar una obra verdaderamente viva. Esto es para mí lo más importante, mucho más que cualquier otra consideración o finalidad, sólo en apariencia de orden superior.

Creo que nacerá una auténtica y nueva tradición viva de obras que pueden ser muy diversas, pero que habrán sido llevadas a cabo con un profundo conocimiento de lo fundamental, y con una gran conciencia, sin preocuparse del resultado final que, afortunadamente, en cada caso se nos escapa y que no es un fin en sí, sino una consecuencia.

Creo que para conseguir estas cosas hay que desprenderse antes de muchas falsas ideas claras, de muchas palabras e ideas huecas, y trabajar de uno en uno, con la buena voluntad que se traduce en acción propia y enseñanza más que en doctrinarismos a la moda. Creo que la mejor enseñanza es el ejemplo; trabajar vigilando continuamente para no confundir la flaqueza humana, el derecho a equivocarse -capa que cubre tantas cosas-, con la voluntaria ligereza, la inmoralidad o el frío cálculo del trepador.

Imagino a la sociedad como una especie de pirámide, en cuya cúspide estuvieron los mejores y menos numerosos, y en la amplia base las masas. Hay una zona intermedia en la que existen gentes de toda condición que tienen conciencia de algunos valores de orden superior y están decididos a obrar en consecuencia. Estas gentes son aristócratas y de ellas depende todo. Ellos enriquecen la sociedad hacia la cúspide con obras y palabras, y hacia la base con el ejemplo, ya que las masas sólo se enriquecen por respeto o mimetismo Esta aristocracia hoy prácticamente no existe, ahogada por el materialismo, la filosofía del éxito, y la tecnocracia y burocracia estatales incompatibles con la libertad y la iniciativa creadora. Con lo sagrado.

Solían decirme mis padres que un caballero, un aristócrata, es la persona que no hace ciertas cosas, aun cuando la Ley, la Iglesia y la mayoría las aprueben o las permitan. Cada uno de nosotros, si tenemos conciencia de ello, debemos tratar de formar una nueva aristocracia. Este es un problema apremiante. Hay que empezar pronto y después ir avanzando despacio sin desánimo. Lo principal es empezar a trabajar y después, en todo caso, hablar de ello.

 

Al dinero, al éxito, al exceso de propiedad o de ganancias, a la ligereza, la prisa, la falta de vida espiritual o de conciencia, a la uniforme masificación, hay que enfrentar la dedicación, el oficio, la buena voluntad, el tiempo, el pan de cada día y, sobre todo el amor, que es aceptación y entrega no posesión y dominio. A esto hay que aferrarse.

Se considera que cultura o formación arquitectónica es ver, enseñar, o conocer más o menos profundamente las realizaciones -signos exteriores de riqueza espiritual- de los grandes maestros actuales y pasados. Se aplican a nuestro oficio los mismos procedimientos de clasificación -signos exteriores de riqueza económica- que se emplean en nuestra sociedad materialista. Luego nos lamentamos de que ya no hay grandes arquitectos, de que la mayoría de los arquitectos son malos, de que las nuevas urbanizaciones resultan antihumanas casi sin excepción en todo el mundo, de que se destrozan nuestras viejas ciudades y se construyen casas y pueblos con decorados de cine a lo largo de nuestras hermosas costas mediterráneas.

Es curioso el contraste entre lo mucho que se valoran las obras de los grandes maestros, que no están a nuestro alcance, y el silencio o ignorancia de su moral o posición ante el problema, que esto sí podemos intentarlo. ¿No es extraño que se hable o que se escriba de sus flaquezas como cosas curiosas o equívocas, y se oculte como tema prohibido o anecdótico su posición ante la vida y el trabajo? ¿No es curioso también que tengamos aquí, muy cerca, a Gaudí (yo mismo he conocido a personas que trabajaron con él), y se hable tanto de su obra y tan poco de su posición moral y de su dedicación?

Con los grandes maestros de nuestra época pasa prácticamente lo mismo. Se admiran sus obras o, mejor dicho, las formas de sus obras y nada más, sin profundizar para buscar en ellas lo que tienen dentro, lo más valioso, lo que está a nuestro alcance. Claro que esto supone aceptar nuestro propio techo o límite, lo cual no es posible cuando se quiere ser un Le Corbusier o ganar mucho dinero.

La verdadera cultura espiritual de nuestra profesión siempre ha sido patrimonio de unos pocos. La postura que permite el acceso a esta cultura es patrimonio de casi todos, y esto no lo aceptamos, como no aceptamos tampoco por lo menos el comportamiento cultural que debería ser obligatorio y estar en la conciencia de todos.

Antiguamente el arquitecto tenía firmes puntos de apoyo. Existían muchas cosas que eran aceptadas por la mayoría como buenas o, en todo caso, como inevitables, y la organización de la sociedad, tanto en sus problemas sociales como económicos, religiosos, políticos, etc., era estable o evolucionaba lentamente. Existía, por otra parte, más fe, más dedicación, menos falso orgullo y una tradición viva en la que apoyarse. Con todos sus defectos, las clases elevadas tenían un concepto más claro de su misión, y rara vez se equivocaban en la elección de los arquitectos o artistas de valía; así, la cultura espiritual se propagaba naturalmente. Las pequeñas ciudades crecían como plantas, en formas diferentes, pero con lentitud y colmándose de vida colectiva. Rara vez existía ligereza, improvisación o irresponsabilidad. Se realizaban obras de todas clases con un valor humano que se da hoy muy excepcionalmente. A veces, pero no con frecuencia, se planteaban problemas de crecimiento, pero sin esa sensación, hoy inevitable, de que la evolución de las ciudades es muy rápida y muy difícil de prever como no se a muy corto plazo.

Hoy en día las clases dirigentes han perdido el sentido de su misión, y tanto la aristocracia de la sangre como la del dinero, pasando sobre todo por la de la inteligencia, la de la política y la de la Iglesia o iglesias, salvo rarísimas y personales excepciones, contribuyen decisivamente por su inutilidad, espíritu de lucro, cobardía, ambición de poder y falta de conciencia de sus responsabilidades, al desconcierto arquitectónico actual.

Por otra parte, las condiciones sobre las cuales tenemos que basar nuestro trabajo varían continuamente. Existen problemas religiosos, morales, sociales, económicos, de enseñanza, de familia, de fuentes de energía, etc., que pueden modificar de forma imprevisible la faz y la estructura de nuestra sociedad. Son posibles cambios brutales cuyo sentido se nos escapa, y que impiden hacer previsiones honradas a largo plazo.

Como he dicho ya anteriormente, no tenemos la clara tradición viva que es imprescindible para la mayoría de nosotros. Las experiencias llevadas a cabo hasta ahora y que indudablemente en ciertos casos han representado una gran aportación no son suficientes para que de ellas se desprenda el camino que haya de seguir la mayoría de los arquitectos. A falta de esta clara tradición viva, y en el mejor de los casos, se busca la solución en formalismos, en la aplicación de metodologías de moda o en la rutina y en los tópicos de gloriosos y viejos maestros de la arquitectura actual, olvidando sus errores y prescindiendo de su espíritu, de su circunstancia y, sobre todo, ocultando cuidadosamente con grandes y magníficas palabras nuestra gran irresponsabilidad (que a menudo sólo es falta de capacidad de reflexión), nuestra ambición y nuestra ligereza

Es ingenuo creer, como se cree, que el ideal y la práctica de nuestra profesión pueden condensarse en sIogans como el del sol, la luz, el aire, el verde, lo social, lo político y tantos otros… Una base formalística y dogmática, sobre todo si es parcial, es mala en sí, salvo en muy raras y catastróficas ocasiones. De todo esto se deduce, a mi juicio, que en los caminos diversos que sigue cada arquitecto consciente tiene que haber algo común, algo que debe estar en todos nosotros, sin olvidar la Historia, la vieja sabiduría.

El viejo Goethe decía: «El tema propio de la historia del mundo y de la humanidad, su tema único y el más profundo, al que todos los demás están subordinados, es el conflicto entre fe e incredulidad. Todas las épocas en las que domina la fe, no importa la forma en que se presente, son brillantes, levantan el corazón y dan frutos en el presente y en el futuro. Por el contrario, todas las épocas en las que la incredulidad, de la manera que sea, afirma su triste victoria, incluso cuando sucede que brillan por un tiempo con un falso resplandor, desaparecen de la vista en la posteridad, porque no hay nadie al que le guste molestarse por conocer lo que no ha dado fruto».

Una frase de Einstein preside nuestro despacho desde hace muchos años:

«La cosa más hermosa que un hombre pueda: sentir es el lado misterioso de la vida. En él está la cuna del Arte y de la Ciencia verdadera». Y aquí, aunque parezca contradictorio, vuelvo al principio de esto que he dicho, sin ánimo de dar lecciones a nadie, con una profunda y sincera convicción.

  1. A. Coderch y de Sentmenat

Barcelona, 1977

NOTA:

El texto de este discurso es prácticamente igual a la carta que escribí a mi buen amigo el arquitecto Bakema, secretario del TEAM X con motivo de mi ingreso en este equipo de arquitectos en 1961, con la idea de que supieran mi manera de pensar -creer- antes de admitirme en su seno.

En este texto del discurso he hecho ligeras modificaciones, que he considerado necesarias para su mejor comprensión.

José Antonio Coderch y Sentmenat

Barcelona 1913-1984

 

Desarrolló su obra en el periodo comprendido entre los primeros años de la posguerra, reaccionando con fuerza contra el academicismo reinante, y la década de 1970. Fue un estudioso de la tipología de vivienda e investigó la elaboración de un modelo de proyecto a partir de la adición de distintas piezas, como pequeñas células, que derivarían en plantas orgánicas, con elementos que se mueven en busca de vistas, soleamientos o intimidad. Son arquitecturas respetuosas con el lugar, fieles a la tradición mediterránea y libres de las recetas o compromisos de los academicismos del momento.

Después de trabajar en Madrid con Secundino Zuazo, se instaló en 1945 en Sitges (Girona) y comenzó a proyectar, entre otras, la casa Garriga-Nogués (1947), donde aún no se aprecia su posterior y más genuina arquitectura orgánica. Ésta se observa en obras posteriores, como la casa Ugalde (1951), un organismo suelto, retórico, en diálogo con el paisaje y disgregado en zonas funcionalmente diferenciadas. En la casa Olano (1957) la geometría en planta es un tanto rígida y sintética. A partir de 1961, con las casas Uriach, Rozes, Luque y Rovira se observa un cierto punto de inflexión en la investigación de sus modelos de vivienda. El empleo sistemático del retranqueo, tanto en planta como en alzado, que permite identificar volumétricamente cada pieza de la casa, será un rasgo característico de estos proyectos. Como muestra de edificios de vivienda colectiva, sobresale el llamado Girasol, en Madrid (1956), las viviendas de la calle Compositor Bach (1958), las Banco Urquijo (1967) o las de la Barceloneta (1951), con sus reconocibles terrazas en celosía, todas ellas en Barcelona. Finalmente, cabe citar los edificios Trade, con sus fachadas curvadas de vidrio, en una línea más tecnológica, y la más reciente ampliación, fiel a su estilo, de la Escuela de Arquitectura de Barcelona.