PIEL*PEAU*PELLE*SKIN*DÉRMA
El hombre sin rostro
Film, un corto de Samuel Beckett que rescata a Buster Keaton alcohólico y en decadencia*, comienza con una frase del filósofo George Berkeley: «Ser es ser percibido».
La película recrea la imposibilidad de O de no ser percibido, por mucho que se esfuerce en ocultarse y en huir de E (Eye, ¿su propio ojo?), y evidencia la incapacidad de huir de uno mismo.
Se ha hablado del hombre invisible**. Somos si otro nos mira.
Pero ¿qué sucede con el hombre sin rostro? ¿Con quién lo ha perdido o nunca lo tuvo?
El hombre sin rostro, si se muestra, está condenado a ser percibido como un ser dramáticamente monstruoso. Si no se muestra no existe sino para sí mismo, experimentando en su propia percepción la repugnancia de un indescriptible sentimiento. De nada sirve tapar el espejo; como en Film, el trapo con el que O lo cubre se cae una y otra vez.
Desechada la idea de suicidio, y la constatación de la imposibilidad de no ser percibido, su única salida es transformar su apariencia.
La máscara es la primera solución para enfrentarse a un mundo cada vez más reducido pero no soluciona el enfrentamiento con uno mismo ni la posibilidad de huir del propio ser.
Pero, ¿cómo ha de ser la máscara? ¿Ha de tener la simulación de un rostro? ¿Un rostro de quién? ¿Un rostro genérico, sin expresión? ¿Ha de ser un vacío abstracto que evidencie aún más la ausencia? ¿Debe ser como la careta de esgrima, una envolvente semitransparente, sin topografía, que permita ver y, acaso, evitar la condensación que se produce al respirar?
La segunda alternativa, ahora posible por el avance de la tecnología de la cirugía plástica, es el implante. Sólo la desesperación explica que un hombre pueda injertarse la cara de otro. El deseo de poder ser percibido sin repugnancia, de existir, aunque sea con extrema compasión del prójimo, es más fuerte que cualquier otro sentimiento. Volver a tener rostro es un impulso más poderoso que el rechazo que produce llevar para siempre la cara de un muerto.
Un hombre que quería transformar su apariencia, con el rostro completamente malformado por tumoraciones, se sometió a un trasplante. Sufría neurofibromatosis, una enfermedad congénita que causa un crecimiento anormal de las células. No existía para él ninguna alternativa de reconstrucción que no fuese el trasplante de la cara de un cadáver.
La operación para la extracción e implante se produjo tras una laboriosa intervención quirúrgica de 30 horas de duración. En el quirófano había un equipo de médicos de diversas especialidades y el cirujano que la dirigía estuvo experimentando previamente, durante un año, con cadáveres de donantes y también utilizó una simulación virtual en tres dimensiones para confirmar que “el tejido artificial” coincidía con la estructura facial a sustituir.
Hoy por hoy pasan años hasta que se produce el deficiente acoplamiento y articulación, de apariencia grotesca y con difíciles soluciones de continuidad, de la nueva estructura. Será una estructura de carácter un tanto artificial que debe simular algo natural. El objetivo final es que haya un rostro donde no lo había y, por tanto, dar la respuesta más satisfactoria posible a la razón de existir.
Son los primeros ensayos y como tales primitivos, toscos, de deficientes resultados. Pero de un recorrido científico fascinante. Llegará el día en el que el acoplamiento será perfecto. Rostro, corazón, pulmones, hígado, riñones, miembros…Un hombre hecho de otros hombres.
Mientras tanto, sentimientos humanos de caridad y compasión deben prevalecer ante la percepción de dramática existencia. Virtudes que no hay porqué practicar en otras situaciones, con posibles paralelismos, en las que no esté involucrado un ser vivo.
No hace mucho recibí información de una web de Arquitectura sobre el proyecto de Museo en Colonia de Peter Zumthor. Coincidió más o menos con la noticia en prensa del primer trasplante de la cara de un muerto realizado en España en la que el trasplantado y el equipo de médicos se mostraban en público para explicar todo el proceso. Como era ese tipo de noticias que a uno le impresionan y ocupan su mente varios días al ver las fotos del Museo enseguida relacioné las dos situaciones, a pesar de que en los comentarios a la obra de Colonia se vertían encendidos elogios al arquitecto: “Zumthor, siempre genial… magistral…Eso sí es arquitectura…”
Sólo había una crítica negativa, completamente insustancial, que para leerla había que desplegar una pestaña que avisaba de su ocultamiento, lo que no ocurría en el caso de la abundante crítica lisonjera y también insustancial.
Yo escribí una segunda crítica negativa que fue filtrada y nunca apareció. Es lo que tienen estos foros. Los comentarios los fundamenté respetuosamente en la dificultad y el mal resultado que, en general, produce injertar elementos antiguos en una edificación nueva. Me parecía una situación paralela a la del trasplante de cara y en él apoyé mis argumentos. En este caso no me sentía obligado a permanecer callado por compasión.
En el Museo Kolumba, una de sus fachadas cabalga sobre el lienzo de un fragmento de arcada antigua de una iglesia. En la otra fachada aparece el antiguo arco de entrada “injertado” también en lo nuevo. Personalmente me parece muy desacertada la intervención, independientemente de los valores que en otros aspectos tenga el edificio.
¿Está la obra de Colonia a mitad de camino entre el primitivo injerto de una cara y el primer enfrentamiento con la muerte que representa la máscara funeraria?

Museo Kolumba. Colonia. Arq. Peter Zumthor 


- Primer trasplante de cara en España, 2009
- Máscara funeraria de James Joyce, 1941
- Máscara funeraria de Filippo Brunelleschi, 1446
Podría ser interesante reabrir el polémico debate, que a partir de Viollet le Duc y Ruskin se encendió con más virulencia, sobre cómo actuar en estructuras antiguas, pero quizás volvería a no llevar a ninguna parte y una simple reflexión acerca de todo esto sería suficiente.
Diego Cano. Verano 2012
Notas:
* En una entrevista con el periodista británico Kevin Brownlow, Beckett describió su relación con Buster Keaton, quien seis años antes de rodar Film había rechazado interpretar Esperando a Godot por encontrarla una obra ininteligible. Beckett describió a Keaton como una persona hermética y esquiva. “Dudo que jamás leyera el guión de la película y que le interesara. Pero quiso hacerla y fue muy competente. Era muy difícil mantener una conversación con él. Siempre estaba ausente. Se pasaba el tiempo jugando a las cartas en su camerino. Sólo le sentí vivo una tarde, en la que se puso a hablar de cómo era el viejo sistema de hacer películas. Contó que rodaban sabiendo sólo el principio y el final y que el resto lo improvisaban sobre la marcha. Lo cierto es que nosotros éramos unos aficionados y él era el único profesional».
** El hombre invisible, novela de H.G. Wells de 1897.
*** http://www.plataformaarquitectura.cl/2007/12/21/kolumba-museum-peter-zumthor/
Referencia:
Film. Samuel Beckett & Buster Keaton (1964)
