TOPOGRAFÍA SENTIMENTAL_Dimitris Pikionis
Noviembre-Diciembre 1935
El valor del suelo
Texto publicado por primera vez en la revista «To Trito Mati»
[El tercer ojo] nº 203. Atenas, Noviembre-Diciembre 1935
Al caminar por esta tierra, nuestro corazón experimenta de nuevo aquella asombrosa alegría sentida de niños cuando descubrimos la capacidad de movernos en el espacio – la alternante pérdida y recuperación del equilibrio que es caminar.
Nos complace el avance de nuestro cuerpo a través de la superficie abrupta de la tierra y nuestro espíritu se exalta ante el juego interminable de las tres dimensiones que encontramos a cada paso, los movimientos y cambios que provoca el simple desplazamiento de una nube, arriba en el cielo. Pasamos ante una roca, un tronco de árbol o una mata de arbustos, subimos y bajamos siguiendo las elevaciones y depresiones del terreno, trazando sus convexidades en las colinas y las montañas, y sus concavidades en los valles. Disfrutamos de la vasta extensión de los planos, midiendo la tierra con la fatiga de nuestros cuerpos
Este camino en el campo desierto es muy superior a las carreteras de las grandes ciudades modernas, pues todos sus recodos, curvas e infinitos cambios de perspectiva nos muestran la divina hipóstasis de la singularidad sometida a la armonía del todo. Meditamos sobre el espíritu que emana de cada tierra ó lugar concreto. Aquí el terreno es duro, rocoso, escarpado, y el suelo es quebradizo y seco, allí el terreno es llano; el agua surge de retazos tapizados de musgo. Más adelante, la brisa, la altitud y la configuración del terreno anuncian la proximidad del mar. Más adelante aún, la vegetación lo cubre todo en una culminación extrema de la tendencia de la tierra hacia la forma, hacia una perfecta armonización de su atuendo al ritmo de las estaciones.
Las fuerzas de la naturaleza, la geometría del terreno, la cualidad de la luz y el aire, distinguen a esta tierra como cuna de la civilización. Exhalaciones misteriosas parecen desprenderse del suelo. He aquí los antiguos y venerables lugares de culto, un precipicio que llena el alma de respetuoso temor, una cueva donde habitan espíritus misteriosos, poderes sobrenaturales. Frente a estas imágenes primitivas de la tierra, el alma es transportada por un estremecimiento místico, como los zahoríes cuando sus varillas se orientan ante la presencia invisible de una corriente subterránea. La luz creó el mundo. La luz lo preserva y lo hace fructífero. La luz revela el mundo a nuestros ojos corpóreos a fin de que la luz de nuestros espíritus pueda a su vez iluminar el mundo. Por encima de la geometría fija e inmóvil de la tierra, se extiende el dominio de la luz y el aire, en perpetuo movimiento. El Astro de la Vida gira, va y viene, produciendo así el día y la noche, dándonos el calor y el frio, aguaceros y sequias, cielos claros y oscuros, nubes, lluvia y viento. El alma humana goza con esta geometría móvil del aire y la luz que constituye las estaciones. La luz – el mundo infinito de la forma y el color, deleita el alma. El alma que se hace sobre las horas, sobre el ángulo de los rayos del sol, la longitud de las sombras, el orden de la lluvia y la sequía, el calor y el frio, la configuración de las nubes. En este día en concreto, quiero sumirme en el espectáculo del terreno bañado por una luz plácida e invernal. Aquí hay formaciones de piedra elaboradas por fuerzas superiores, rocas, cantos rotos, piedras, el polvo nacido del suelo y sus partículas tan innumerables como las estrellas. Me agacho y cojo una piedra. La acaricio con la mirada, con los dedos. Es un trozo de piedra caliza.
El fuego forjó su forma divina. El agua la esculpió y la dotó de un fino revestimiento de arcilla, con manchas alternas de blanco y amarillo rojizo ferruginoso. Le doy vueltas entre mis manos, estudio la armonía de sus contornos. Me emociona la manera en que los entrantes y salientes, la luz y la sombra se equilibran en la superficie. Me conmueve el modo en que las leyes universales están incorporadas y realizadas en estas piedras. La danza de sus átomos, gobernada por el número, configura su constitución de acuerdo con la ley de su singularidad. Ella por tanto representa esta ley bipolar de la armonía individual y universal. La siento crecer, expandirse en mi imaginación. Sus superficies laterales se convierten en laderas de colinas, en crestas en nobles precipicios. Sus huecos en grutas de cuyas grietas fluyen hilillos de agua. Ella configura los contornos del paisaje. Ella es el paisaje. Es el templo destinado a coronar los empinados peñascos de nuestra propia Acrópolis.

¿Qué hace el Templo sino representar la misma doble ley que ella sirve?
Más que ninguna otra cosa, ¿no es también el Templo una explicación del modo en que se ordena la totalidad de las cosas?, ¿no es su equilibrio similar al de las montañas, al de la vegetación, al de todas las criaturas vivientes? Todas las fuerzas de la naturaleza convergen y trabajan juntas para producir esta configuración particular: el aire puro, la luz brillante, el color del cielo, las nubes suspendidas, la pendiente de las montañas, los cantos esparcidos alrededor del estilóbato del Templo y la hierba creciendo entre sus grietas. Oh Tierra, todo lo reduces a ti misma como la medida, el módulo, que penetra todas las cosas.
Tú diste forma a la ciudad y a sus diversas formas de gobierno. Diste forma a los sonidos que constituyen el lenguaje. Tú prefiguraste las artes que traen consigo las palabras y las formas. ¿No es esta concordancia, esta presencia de las mismas leyes en la naturaleza y en el arte lo que nos permite ver formas de la naturaleza transformadas ante nuestros ojos en formas del arte, y viceversa, ó bien una forma del arte transformada en otra diferente?, ¿no es este acuerdo, esta uniformidad que gobierna las creaciones aparentemente más diversas, la que tiene el poder de revelarlas y explicarlas por reflexión, por comparación?
Mientras paseo sobre este suelo, mientras recorro este reino de caliza y arcilla, veo la caliza convertida en dintel, veo la arcilla roja coloreando los muros de un sepulcro imaginario. Los grandes guijarros redondeados del río Cladeus me parecen cabezas de héroes y las estatuas de los frontones, montañas. La larga cabellera de Zeus se convierte en un precipicio escarpado y esta montaña, con sus mil formas que yo reúno gradualmente al recorrerla, recomponiendo en mi mente la armonía de sus contornos, toma la forma de una estatua griega.
Los pliegues del vestido de aquella mujer que pasa ondulan sobre sus tobillos trazando formas de montañas sobre el suelo. La ornamentación tejida en el borde de su falda destaca tan vivamente como un friso y se despliega en danza como una columnata en movimiento. El sonido de una flauta conviviendo con la canción de los bailarines hace oscilar la cima de las montañas y fluir los ríos. El ritmo de las ropas al plegarse sobre el cuerpo, la forma de esta ceja ó aquel antebrazo, las ondas y bucles de ese pelo – todo ello explica el paisaje. Oh piedra caliza, tú conformaste la frente severa de Esquilo. Del estilóbato emanan notas musicales y el equino moldurado evoca un manuscrito antiguo. La estructura austera que puede verse en las esculturas también se encuentra en el lenguaje. Entonces, ¿cuales son las relaciones secretas, oh número todopoderoso, que has establecido hoy entre la geometría de la creación y el aire cristalino, que permiten a la esencia pura de la luz divina filtrarse hasta nosotros? Ninguna otra luz, ningún otro día podrá nunca igualar la claridad de las serenas y limpias horas del otoño. Un inefable misterio irradia de la creación en este día.
¿Por qué los cúmulos de nubes se dibujan aislados en lo alto del cielo azul, ó flotan como elegantes velos transparentes entre las cumbres de las montañas?, ¿de qué nos hablan las innumerables briznas de hierba cuando se abren paso a través del suelo húmedo y oscuro?, son las voces del pasado, ó espíritus que se alzan desde el reino de Hades?, ¿y estas piedras ásperas, blancas, gris azuladas, rosas, ó los restos cerámicos de vasijas esparcidos sobre la hierba?. Las voces de niños jugando y el canto y el canto de un gallo resuenan misteriosamente en el cortante aire enrarecido. Los manantiales secos se abren como las bocas abiertas oscuras de las máscaras trágicas añadiendo profundidad al paisaje. La piel se estira bajo el calor del sol y se contrae después bajo el toque frío de la sombra. La brisa otoñal juega dulcemente con las briznas de hierva y los asfódelos, ambos alimentados por la savia verde y amarga de la tierra. Un profundo misterio conecta esta hora y la luz que la baña con la piel dorada de las bestias salvajes, con los cuernos enroscados, con el vellón tupido de estos carneros que pacen mansamente, amarillo como el color del mármol cubierto por el tiempo ó negro como la sombra oscura de esa roca.

Bajo el efecto de esta hora concreta, el misterio del tiempo se hace uno con el misterio del espacio. ¿Qué elementos irreconciliables se han mezclado aquí? Allá donde uno mire puede ver la escultura bicéfala de la antítesis. Enfrentada a un misterio de esta magnitud, el alma ya no necesita una explicación, pues al adentrarse en el misterio de la naturaleza se somete a un proceso, una experiencia, una pasión en cuyas profundidades yace comprendida.
Es en momentos como este, columna dórica, cuando se me revela tu misterio. Ahora comprendo; la tensión que gobierna tus líneas no pretende sólo servir a las leyes de la estática extendiendo la belleza natural a una forma del arte, las acanaladuras de tu cuerpo estriado no pretenden sólo distribuir la luz homogéneamente sobre tu superficie intercalando la sombra en la luz y la luz en la sombra de modo que los tonos de tu fuste de piedra armonicen con los del cielo por encima y los de la roca por debajo. Tu eres, así me lo parece, un ser animado que anhela la unidad mientras giras sobre tu propio eje y tus acanaladuras como ojos que se afanan por retener en su movimiento de revolución lo que ha ido sucediendo para contemplar llenas de inquietud lo que está a punto de suceder – pero esto no es todo. Más que ninguna de estas cosas, esta hora revela que la ansiada unidad proyectaría y condensaría la culminación del misterio dramático de la naturaleza en el interior de una forma de arte que correspondería a la naturaleza misma.
Hay una conexión indescifrable entre estas historias, esta hierba amarga, estas sombras verdes, estas voces que rayan el aire, las brisas meridionales, las plumas rasgadas de las nubes. Todo este dramático misterio que aparece construido de opuestos irreconciliables; todos ellos se hacen uno en la ecuación de tus acanaladuras.
¿No está tu propia forma hecha de aquellos opuestos reunidos en un equilibrio perfecto? Y la frialdad del mármol, y la austeridad de tu fuste vertical, tus líneas paralelas, ¿no están mezcladas con la calidez del sol, con la insuperable delicadeza del espíritu, para hacerte lo que eres? Fue, seguramente, en una hora como esta, cuando la mente del artista te concibió y, cada vez que el número establece la inefable armonía entre esa hora y tu forma, tu misterio renace. Esto es lo que pensé en una tarde de principios de abril, cuando te divisé tras el polvo dorado que levantaban las ruedas del carro, bajo los rayos oblicuos del sol de la tarde. ¿O fue en alguna tarde de verano, cuando la oscuridad se iba extendiendo entre las montañas al oeste, envolviendo la tierra mientras al este el cielo estaba surcado de rosa? Pero en esta hora invernal vuelvo a pensar en ti, cimacio dórico, en la música severa de tu forma suspendida en lo alto de la Acrópolis, por encima de las rocas escarpadas y del suelo del campo de olivos. Pienso en la luz de invierno cayendo sobre tus armoniosas curvas, sobre las sombras frías que se recogen entre ellas y constituyen tu oscuridad. Hay algo grandioso en la austeridad, la exigencia, la delicadeza de tu forma surgida de una formulación matemática perfecta. Puedo ver a los hombres que te forjaron, puedo ver las túnicas cubriendo sus hermosos miembros. Tienen frentes severas surcadas por el pensamiento profundo. Hay también una severidad en sus ojos, sus sienes, sus rostros.
¿Pero cómo podría uno traer a la mente todas las horas del año, o incluso las de un sólo día, los espíritus que habitan la mañana y la tarde, el mediodía y el ocaso, los días de verano y primavera, los días felices de invierno y otoño, los días en que sopla el viento del norte o del sur, los días de Apeliotes, el viento del este y los vientos de verano que soplan durante cuarenta días después de la salida de Sirio? Porque estos son los espíritus que nos permitirán presenciar la inmolación y la transformación de la forma y el espacio en el interior del tiempo.
Este diario no está en modo alguno completo pero ¿acaso importa? Es bastante si la mirada atenta a lo que hay ayuda a poner de manifiesto el principio que la naturaleza quiere enseñarnos: nada existe por sí mismo, todo es parte de una armonía total. Todas las cosas están conectadas pues todas están afectadas y cambiadas las unas por las otras. Podemos aprehender una cosa sólo con la intermediación de todo lo demás.


Los caminos de la Acrópolis
“dejar las cosas mejor de cómo nos las hemos encontrado”
Entre los años 1954-1958 Dimitris Pikionis realizó en Atenas la ordenación de las laderas de la colina de la Acrópolis y el acceso a la zona donde se encuentran los restos arquitectónicos de mayor interés.
Organizó un complejo trazado que establece un recorrido fundamental para entender el lugar, al conectar entre sí todos los hitos arquitectónicos y culturales singulares.
Para la ejecución de estos caminos utilizó restos de piezas de mármol pertenecientes a la época clásica que se encontraban in situ reelaborando con ellos un variado solado a modo de tejido con distintos dibujos en continuidad. Un suelo que utilizaba las preexistencias con un significado nuevo, ligando el pasado con el presente. Este conjunto de senderos quedaron pavimentados con piezas pétreas de distinto tamaño simulando un “collage” conductor, que incluía zonas más amplias para el descanso. Una de estas zonas es por ejemplo el salón de té, junto a la pequeña iglesia de san Dimitrius Loumbardiaris.
También llevó a cabo con gran delicadeza la repoblación vegetal mediante especies autóctonas que permitieron diseñar un paisaje acorde con los recorridos y la arquitectura clásica.
Unos recorridos que obligan al visitante a no perder detalle, sin levantar la cabeza del suelo o mirando a lo alto la Acrópolis, todo de un modo armónico, lleno de detalles minuciosos entre olivos y pinos, entre el mármol blanco y la tierra.
Luis Casillas
